LA SINRAZON DE JOB. Miguel Angel Carcelén

Ref.: 150111


 

Nos complace presentar a nuestros amigos y seguidores, en nuevo relato de la Sección

Expedientes archivados

 

Recomendamos encarecidamente su lectura, que no dudamos creará debate.

Nos encantaría un ME GUSTA tras su lectura ademas de vuestro comentario al respecto

Miguel Angel Carcelén
Miguel Angel Carcelén

 

La sinrazón de Job

Soñé que él estaba soñando conmigo… ¿Qué quieres? A veces, entre tantos sueños, se nos cuela uno que no tiene nada que ver con la vida real.

Gabriel García Márquez

 Vio cómo el hombre, al salir, escondía la llave en el primer tiesto de claveles del soportal. Casualidad, simple casualidad. Eso era la vida, el reverso de un tapiz tejido con casualidades. No sabía quién podía ser el individuo trajeado que con tanto sigilo había desaparecido de la escena. Sí sabía, en cambio, que dentro de la casa estaban Beatriz y su hija. Mil tardes vigilando cualquier movimiento mínimo de las cortinas para atisbar, aunque fuera un segundo, el rostro de la mujer no le habían servido nada más que para consumirse, para alimentar dudas e invertir en impaciencia, y esa madrugada, el epílogo de una borrachera que se prometía memorable y se quedó en etílico remojo de úlcera, el azar le brindaba una oportunidad que ni en la más osada de sus fantasías se hubiera atrevido a aventurar. Esa provocadora iba a tener lo que se merecía. Un buen susto. Tal era su pensamiento incluso cuando sintió la tos de la chiquilla en el pasillo. Había tardado más de diez minutos en entrar ralentizando los movimientos, conteniendo la respiración, apagando con su cuerpo el chirrido de los goznes de la puerta. Todo eso para tropezarse con la hija nada más dejar atrás el vestíbulo. Fue un acto reflejo, un puzle necesario, una secuencia de inicio y final preciso: el asombro en los ojos de la pequeña, su conato de grito y el puñetazo del intruso ocuparon la misma porción de espacio y tiempo. No cayó con la gracilidad que cabía suponer a un cuerpo tan pequeño, más bien se derrumbó con un estrépito que la soledad del pasillo redobló. Y quiso no dejar paso al silencio intentando un grito que se le ahogó en el mismo comienzo de la garganta, boqueando como pez en nasa distinguió el sabor de su propia sangre, el hilo rojo que unía nariz y boca, por más que ella imaginase que eran lágrimas equivocadas lo que le humedecía el rostro. El hombre golpeaba con fuerza para callarla, sin saña ni pericia, alarmado, impotente, rabioso porque aquel imprevisto iba a acabar con lo que tanto deseaba. Y continuó asestando patadas hasta que en el rostro de aquella muñeca no quedó simetría, hasta que el estallido de uno de los globos oculares se le metió y repitió en el cerebro como una……. Seguir leyendo  La Sinrazón de Job 

 

 

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